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Con estas fotos, Johanna Fadul demuestra que está más fuerte que nunca para cumplir su propósito de llegar a lo más alto de la industria del cine y la televisión.

En el 2015, Johanna Fadul se subió a un avión con destino a México. Llegó sola, con algunos ahorros y un par de contactos. Su reto era entrar a alguna producción mexicana, ponerle un turbo a su carrera como actriz y –por qué no– dar el salto hacia Hollywood. Estuvo varios meses, trabajó en decenas de comerciales y se caminó la colonia Nápoles, la Roma y la Condesa, donde está toda la vida cultural de Ciudad de México. Pero como no explotó ningún proyecto grande para ella, volvió a Colombia.

Fue la mejor decisión que pudo tomar.

Desde que era adolescente, Johanna Fadul empezó a trabajar para aparecer en las pantallas: cada vez que veía televisión, quería ser ella la que actuaba. Empezó a lograrlo gracias a la complicidad de su hermana, Sandra; pero, sobre todo, por su determinación. A sus papás no les llamaba la atención que su hija fuera actriz, pero a ella no le importó y construyó su carrera sola, paso a paso. Su primer papel, en Padres e hijos, debía durar solo dos capítulos, pero ella logró quedarse por dos años en el programa; luego hizo una pausa en su carrera para estudiar administración, y después, cuando estaba a punto de rendirse en la búsqueda de castings, consiguió el papel que la convirtió en una figura reconocida en toda América Latina: el de Daniela Barrera, uno de los personajes principales en Sin senos sí hay paraíso.

Hoy, cuando no está en medio de algún proyecto de actuación, trabaja en la producción de fotos y videos para sus redes sociales: lo que hace cinco años era un espacio personal se convirtió en una herramienta para estar cerca de sus seguidores, que están por todo el continente. Cinco millones y medio de cuentas siguen su Instagram y 1,2 millones su TikTok. Además, a principios de este año, se estrenó en Estados Unidos Operación Pacífico, una serie en la que interpreta a una mujer involucrada en lavado de activos que es hermana de una agente encubierta: “Nadie es profeta en su tierra”, dice ella. “Desafortunadamente, los productos en los que he trabajado, casi todos, los pasan más afuera, en México, en Estados Unidos, y no tanto acá”.

Johanna contesta el teléfono. Está en Bogotá, en la casa de sus suegros. El aislamiento los sorprendió a ella y a su esposo, el cantante Juan Sebastián Quintero, en medio de un trasteo hacia un nuevo apartamento: “Vivimos en un conjunto que se convirtió en toda una comunidad: nos volvimos muy cercanos a los vecinos que viven en nuestro mismo piso; los viernes y los sábados son como noches de casino en donde nos reunimos a jugar jugos de mesa o cartas… Una vecina tiene una hija de 14 o 15 años y ella nos motiva a reunirnos, así que todo esto ha sido cero aburridor”.

 

Ya vamos para cien días de cuarentena. ¿Recuerda qué estaba haciendo en marzo, cuando empezó la crisis del coronavirus?
Estaba alistándome para varios viajes: iba a ir a Chile para una campaña publicitaria, tenía después un viaje a Nueva York, porque quería ir a estudiar inglés, y tenía que visitar varias ciudades de Colombia, también por temas laborales. Todo se suspendió… No sé hasta qué punto los proyectos hayan quedado en standby, porque nadie sabe qué va a pasar.

Mejor dicho, tuvo suerte de estar acá en Bogotá.
Yo viajo mucho: quince o veinte días antes de todo esto, cuando ni siquiera se rumoraba sobre la covid, estuve en Miami en una gira de medios por Operación Pacífico, la serie de Telemundo que filmamos el año pasado. Y apenas llegué fue que empezamos a ver todo lo que pasaba en China, pero yo lo veía como algo lejano: “¡Uy, sí, tenaz, pero pare de contar!”. De hecho, me dieron muy duro en redes porque hice el #coronachallenge en TikTok [un baile que recreaba algunas de las primeras recomendaciones, como evitar el saludo de beso o de mano], pero yo no sabía la gravedad del asunto, porque en Colombia no estábamos hablando de eso.

Una buena cantidad de sus posts en sus redes son sobre ejercicio… ¿Qué significa el ejercicio para usted?
El gimnasio hace parte de mi vida, es mi estilo de vida. Pero extrañamente, aunque no hay gimnasio, he hecho más ejercicio durante la cuarentena que por fuera de ella. Antes, había días en que no iba porque se presentaba alguna cosa, pero desde marzo no he fallado un solo día. Tengo a mi entrenador en Miami, pero no importa: nos comunicamos y sigo. De hecho, he llegado a ver resultados que me había propuesto hace mucho y no había logrado. Así, que sí: el ejercicio es mi vida. Y ha sido así siempre…

¿Desde cuándo?
Siempre. Desde el colegio era deportista: estaba en el equipo de las porristas y cada vez que había cualquier actividad de danza o de baile, yo estaba ahí. Mira, cuando estaba chiquita yo le decía a mi papá que quería ser gimnasta olímpica, y me acuerdo de que cuando se acababan las clases yo salía del salón al descanso haciendo medialunas. Además, desde que era adolescente se me incorporó como un chef inconsciente. Antes con mi papá podía ir y comerme tres hamburguesas, pero cuando fui creciendo empecé a preferir comer otras cosas y fue natural cuidarme un montón. No es que conozca todo de nutrición y sepa perfectamente cómo funciona mi cuerpo, pero como y me cuido para sentirme bien.

¿Y cuándo quiso ser actriz?
Me acuerdo de estar viendo El fiscal o Me llaman Lolita y decir: “Yo quiero estar ahí”. Mi familia no tiene actores ni artistas, mis papás son abogados, pero mi hermana, Sandra, que en ese momento estaba estudiando comunicación social, empezó a trabajar como apoyo en una agencia de extras y yo empecé a decirle: “Lléveme”. Y yo quedaba encantada con las cámaras, las luces, los libretos…

¿Recuerda cuál fue la primera vez que fue a una grabación?
Claro, fue una de La Baby Sister. Me acuerdo de que había un actor, Felipe Galofre, que se puso a hablar conmigo y con mi hermana: yo tenía como 15 años y para mí era lo máximo. Además, en el barrio donde yo vivía había una amiga que estudiaba en el colegio Winston Salem, donde grababan Padres e hijos los sábados. A los estudiantes les decían que si querían ir, fueran con los uniformes para llenar los salones, y yo le decía a Andrea, mi amiga, que me prestara el uniforme. Y todo lo hice yo sola. Ni mi mamá ni mi papá me dijeron nunca: “Venga la acompaño”. No puedo decir que me apoyaran, pero tampoco me decían que no lo hiciera. Ya después, cuando cumplí 18, me gané un concurso que se llamaba Miss Teen y me llamaron para hacer un papel cortico, de dos capítulos, para Padres e hijos, pero ese personaje de dos capítulos se terminó convirtiendo en algo de dos años.

 

El siguiente papel grande que consiguió fue el de Daniela, en Sin senos sí hay paraíso
Después de Padres e hijos estudié administración, y aunque me seguían llamando para hacer castings, yo empecé a decir que no. Estaba en una relación un poco tóxica con un novio que me insistía en que no fuera actriz y, al final, de tanto decirles que no a los castings, dejaron de llamarme. Y cuando quise volver fue muy complicado: fueron cuatro años tocando puertas, y cuando ya me iba a dar por vencida, apareció Sin senos sí hay paraíso.

Ese personaje, el de Daniela Barrera, tuvo un impacto fuerte en su carrera…
Daniela fue un personaje grandísimo. Era light, pero al mismo tiempo me costó un poco acostumbrarme a ella porque era una mujer que tenía que pasar por encima de todo el mundo; yo no soy así y me costó acomodarme a esa forma de ser. Obviamente, a medida que iba relacionándome con otros personajes en las escenas, fui construyendo a Daniela y fortaleciendo ese carácter y, al final, ya era como pan comido. La gente la recuerda muchísimo, pero para mí es importante dejarla atrás. Hace poco me dijeron que hiciera un lip sync de Daniela para un video de TikTok… Pero vienen otras cosas, mucho más grandes.

Como Mariana, en Operación Pacífico, la serie que estrenaron hace poco en Estados Unidos.
Claro. Con ella me entregué mucho más. No es que con Daniela no lo haya hecho, sino que a Mariana la vi desde una perspectiva más consciente. Para mí, fue difícil porque cada movimiento, cada palabra la hice con toda la consciencia.

Debió ser difícil de trabajar: una persona adicta a las drogas y muy problemática. ¿Cómo lo construyó?
Mariana era un personaje no convencional, una persona que tenía otro yo. No podía representarlo desde lo light, sino que me tocaba ahondar en su personalidad, y no fue para nada fácil. Fui a fundaciones a intentar hablar con personas que se hubieran recuperado, pero no era fácil porque ellos cuentan muy poco. Me acuerdo de que busqué a un amigo de mi hermano que había empezado con la marihuana y había terminado en drogas muy fuertes… Fue difícil porque era una de esas personas que yo había visto toda la vida en el barrio. Al principio me dijo que sí, que de una, que habláramos, pero cuando empezamos llamó a mi hermano y le dijo: “No, perri, eso es como si me estuviera psicoanalizando… Dígale que me pague”. Ahí dije: “Listo, acá hay un comportamiento en la búsqueda de la plata”. Yo me fijaba en cómo movían las manos, en los detalles… Además, me enfrenté a algo difícil, porque mientras actuaba, pensaba: ¿Cómo me van a ver las personas que viven esta vida? ¿Cómo hago para mostrar hasta dónde se puede llegar si siguen en esto? En este último año me di cuenta de que con cada papel uno descubre nuevas cosas, y por eso sigo estudiando, para descubrir más y más…

Su carrera ha sido muy independiente. ¿Estudió actuación?
Tuve clases en la Academia Charlot, con Victoria Hernández, con Paco Borrero… No tengo una escuela de teatro ni nada, sino muchos cursos pequeños. He ido aprendiendo con la experiencia y sigo estudiando: en este momento, estoy tomando cursos de la técnica Meisner, que es la que más estudian los actores que trabajan en Hollywood. Y mi plan de pasar una temporada en Nueva York aprendiendo inglés muy bien hace parte de una meta más grande, que es llegar a grandes producciones allá. Es largo, porque además de tener inglés perfecto, hay que dominar el acento y eso siempre es un punto débil.

¿También aprende viendo sus propias escenas?
Soy malísima para ver series o películas. ¡Siempre me quedo dormida! Y yo creo que a muchos actores nos pasa que nos sentimos raros cuando nos vemos nuestras series después de haber leído el libreto. Aunque sí tengo que reconocer que cuando uno las ve en televisión pasan mil cosas que uno no tiene en la cabeza. No sé… A veces veo escenas para ver cómo quedaron, pero lo que pasa es que soy muy exigente conmigo misma y a veces me doy mucho palo, en exceso.

¿Y las críticas en redes, cómo las recibe?
Hace cinco años, cuando recién las abrí, sí me daba duro. Decía: “¿Por qué la gente dice esto? ¿Qué estoy haciendo para que piensen así?”. Pero ya no, ahora las veo como una herramienta para comunicarme con la gente. Y también como algo laboral, así que las pienso más desde lo racional.

 

Hace un rato hablaba de ese “chef” que tiene incorporado para comer bien. ¿Cómo se alimenta, habitualmente?
Yo sigo los consejos que me da mi entrenador: pollo, vegetales, cremitas buenas que hago yo misma y un carbohidrato. Siempre lo más sano que puedo. Ayer mi suegra hizo una cremita de ahuyama deliciosa, entonces no me comí el carbohidrato. Me cuido mucho con la grasa. Y como con bastante frecuencia, cinco veces al día, pero siempre superbalanceado y solo las porciones que mi cuerpo necesita. Lo que sí soy es supercafetera, me encanta el café y me gusta tomármelo fuerte.

¿Alguna vez ha sentido que el machismo de la cultura ha interferido con su carrera?
Es una pregunta difícil… Pero te puedo decir que siempre he sido yo misma. Decirte que el machismo no me afecta sería mentira, pero siempre he hecho lo que yo quiero hacer. Eso ha sido una decisión de vida y me ha llevado a tener discusiones fuertes, por ejemplo, con mi mamá, que es superconservadora; pero yo no me dejo afectar. Y con Juanse, por otro lado, hay una relación honesta, llena de apoyo, en la que nunca hemos tenido problemas: ambos somos muy independientes; si a él le sale una grabación o una gira, yo no pongo problema, y si a mí me sale algún proyecto, él lo ve como algo normal. Esa ha sido la clave.

FOTOGRAFÍA: HERNÁN PUENTES
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 159 - JUNIO 2020

Asistente fotografía: Juan David Rojas // Maquillaje y pelo: Óscar Sánchez y Vanessa López // Producción: Isabel González // Collage: Javier Garzón

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