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Es uno de los actores más conocidos de Colombia. Pero su creatividad también está detrás de las cámaras.

Sonaba una lista de reproducción llamada “Reggae y sus derivados”. Diego Cadavid estaba detrás de la cámara de fotos, su hermano Jorge Juan Cadavid lo acompañaba como director de arte y su novia, Laura Archbold, era la modelo. Recorrieron todos los espacios de la casa siguiendo el plan que previamente todos habían trazado. Tomaron una foto en el cuarto, otra en el baño, otra en la cocina, otra a través de una ventana: “Queríamos hacer unas fotos tranquilas y, sobre todo, honestas”, dice Diego. Había sido un trabajo creativo entre los tres y habían decidido todos los detalles de las fotos hablando entre todos. El resultado fue el editorial de portada de esta edición de DONJUAN.

Cadavid trabajó en series y películas icónicas, como La saga, La Ronca de Oro, El cartel de los sapos y, el año pasado, en El general Naranjo. Sin embargo, del otro lado de las cámaras también tiene una experiencia monumental. Lleva 12 años tomando fotos de forma profesional y su paso por la escuela de cinematografía Abbel Cine, en Los Ángeles, también influyó en su trabajo: “Hice publicidad y moda más o menos ocho años; como creo que a casi todos les pasa, me cansé del tema y ahora me gusta más el retrato y las cosas más como de solle, pero sigo haciendo campañas de vez en cuando”.

Todos los fotógrafos tienen una obsesión: la interacción con los personajes, la luz artificial o natural, la preproducción para lograr un ambiente perfecto… ¿Cuál es la suya?
Como cuando empecé a hacer fotografía yo ya había trabajado en televisión y en cine por años, me obsesioné con la luz. En las grabaciones preguntaba por todo: cómo ubicaban las luces, cómo se complementaban, dónde rebotaba… Cuando empecé en esto, hace 12 años, usaba luces artificiales a la lata, montaba seis o siete luces para inventar iluminaciones complejas y pintar con luz, pero la madurez da otro tono y desde hace varios años trato de usar solo luz natural. Ahora casi nunca armo mis luces y, de hecho, todo este ejercicio con Laura Archbold fue con luz natural; no armamos nada.

¿Dónde estudió fotografía y cómo fue la experiencia?
Mi papá sabía algo de fotografía, y cuando yo tenía como 15 años nos puso a estudiar a mi hermano y a mí en un taller; a mí no me gustaba porque no quería ir a clase, pero indudablemente aprendí. Años después decidí retomar la cámara con una curiosidad más empírica y empecé a comprar libros, hasta que un día le pregunté a Mauricio Vélez, un gran retratista que si lo podía asistir. Él se negó al principio, me decía que el trabajo era duro y que tocaba madrugar, cargar cables, trasnochar, mejor dicho, comer bastante mierda; pero lo convencí y trabajé con él más o menos un año. Él nunca me enseñó nada, pero yo le aprendí todo. Además, me puso a estudiar historia del arte y me enseñó a apreciar a diferentes pintores. Después fui a Los Ángeles y a Nueva York y allá estudié cinematografía: como tres meses en Nueva York y como año y medio en Los Ángeles.

Foto: Diego Cadavid

En su portafolio hay algunas fotos de la India que recuerdan mucho algunas imágenes de Steve McCurry…
McCurry es mi ídolo en la fotografía, es el sueño de mi vida. Yo nunca pedí una foto, nunca la cuadré, sino que fui tomando las imágenes como iban llegando. Una vez entendí que de noche la gente hacía varios rituales, cosas tremendamente bonitas, entonces monté una experiencia ninja: me vestí de negro –saco y pantalón negro en la India, donde hace tanto calor– y salí a buscar fotos con Laura. Ella me cuidaba y me avisaba para que nadie me fuera a ver, mientras yo trataba de meterme a los rituales agachado, intentando captar ángulos y momentos. Solo tenía un lente de 50 mm, pero fue una experiencia tremenda. Hice una exposición de eso en Barichara y eso me abrió nuevas puertas: sé que en algún momento necesito retirarme de todo y dedicarme a ese tipo de fotografía.

¿De qué director de cine ha aprendido?
Soy un amante de Kubrick, trato de aprenderle cada vez que filmo algo, por pequeño que sea, así sea un comercial. Siempre le “robo” algún detalle. Y en Colombia, a Klych López, con el que hice una serie que se llamó La Ronca de Oro: fue una gran experiencia porque él prueba cosas diferentísimas, como construir los personajes desde la voz, en un salón y a oscuras. A él le aprendí montones sobre la creación de los personajes: si primero suenan bien, luego se van a ver bien en el cuerpo.

Uno de sus proyectos durante la cuarentena fue una serie web. ¿Cuándo sale al aire?
Es una miniserie de cinco capítulos, cada uno de cinco minutos. La historia es un thriller psicológico que creamos entre mi hermano, Laura y yo. Yo les dije: “Hagamos un ejercicio para ocupar los días y para ocupar la mente”, porque estábamos leyendo todos un libro de Viktor Frankl que se llama El hombre en busca de sentido, y yo quería buscarles un sentido a los días en donde no pasaba nada. Los convencí y empezamos a crear todo juntos: a la historia le trabajamos una semana en pura mesa de discusión, definiendo cómo iban a ser los textos, todo eso; después, dos días de preproducción y luego el plan de rodaje. En eso nos gastamos por ahí veinte días. Ahora estamos editando y vamos a ver a dónde llega el proyecto: tenemos reuniones con posibles distribuidores, solo para ver si existe alguna posibilidad de venta, pero si no se llega a vender, la vamos a sacar pronto por algún canal. La idea es que la gente la vea y la disfrute, porque fue una experiencia muy honesta: la hicimos en casa, con pocos recursos y pocos equipos; el boom era un iPhone, las luces eran lámparas… Quedó un producto sencillo que no es una comedia, que todos están haciendo ahora, sino un thriller psicológico al 100 por ciento.

Foto: Diego Cadavid

REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 158 - MAYO 2020

 

 

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