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La situación laboral de los jóvenes colombianos

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No es que los "millennials" no quieran trabajar.Su gran batalla es tener una oportunidad.

 A principios de año, mi mejor amiga llegó a su trabajo y encontró a la gente de Recursos Humanos al lado de su escritorio. “No te vamos a renovar tu contrato, toma tus cosas porque vas hasta hoy”, le dijeron. Ni un “gracias” tras casi dos años de trabajo, solo le dieron trescientos mil pesos de liquidación. Esa noche comimos pizza para pasar el mal trago, pero ella no estaba realmente preocupada: a la mañana siguiente pasó hojas de vida entre todos sus conocidos –que son muchos– y estaba segura de que su experiencia y el hecho de estar a punto de terminar una maestría le darían algo de ventaja en cualquier entrevista de trabajo.

Pasaron seis meses. De los cientos (¡cientos!) de hojas de vida que mandó, no recibió ninguna respuesta. Sus amigos y contactos desaparecieron más rápido que sus ahorros –esos se fueron también– y llegó al punto en el que, en medio de su depresión y sin poder pagar el arriendo, tuvo que empacar sus cosas para volver a casa de sus padres.“No sabes lo que me costó recoger mis tres chiros de la sala”, me dijo llorando. “Mi casa es un chiquero y huele a gato, pero es mi casa y no sé qué me la está quitando, ¡pero me la están quitando!”.

Quisiera decir que es la única historia que conozco, pero no es así. Tengo más amigos a quienes han despedido de sus trabajos sin decir ni una palabra ni dar una sola explicación (esas son las maravillas de los contratos temporales, que permiten la terminación unilateral, sin tener que responderle a nadie), y otros que llevan casi un año saltando de trabajo temporal en trabajo temporal porque no encuentran otra opción: tienen que pagar los servicios.

Un estudio de la Universidad Libre muestra que este problema es generalizado: 17,7% de los jóvenes entre 18 y 28 años están desempleados, es decir que casi la mitad de la población colombiana que está sin trabajo es joven. Lo peor es que cuando uno de ellos halla empleo, se encuentra con modalidades de contratación como la prestación de servicios, de la que el mismo Estado abusa para evitar el pago de primas a sus empleados. Y aunque el Ministerio de Trabajo dice que, en promedio, a un recién egresado se le pagan 1’300.000 pesos, hay personas con títulos profesionales y experiencia a cuestas a quienes “organizaciones serias” les han ofrecido trabajos de tiempo completo con un salario que no supera el millón de pesos al mes. Y no se pone mejor en el resto del mundo: “Nos hemos dado cuenta que nos han mentido: trabajar duro y tener educación no te consigue éxito profesional, o siquiera un trabajo con salario decente”, escribió Ashley Stahl en el Huffington Post para denunciar que en EE.UU. el 44 % de los recien graduados están atrapados en empleos sin futuro y con bajos salarios, apenas suficiente para pagar las deudas y servicios cada vez más costosos.

Este es el panorama al que nos enfrentamos: Colombia es un país en el que un joven profesional tarda, en promedio, treinta y una semanas buscando antes de encontrar trabajo; un país en el que piden experiencia de años para puestos con un pago paupérrimo que apenas cubre el arriendo; y un país obsesionado en convertir a las generaciones jóvenes  en estereotipos. Por eso dicen que “a los millennials no les gusta estar atados a un solo trabajo” y que “los millennials prefieren quedarse en casa de sus padres”. Como si fuéramos rarezas de circo en lugar de un grupo de personas que, como todos, buscan una oportunidad.

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